Adoro un atardecer, adoro a mi perro y adoro pasear con él. Mezclado todo esto en una coctelera le falta el lugar y para mí, ese sitio es un camino que hay en mi localidad, ahora sendero homologado y anteriormente, el recorrido que hacía el tren burra. Es una vía verde en el campo acondicionada por donde pasea mucha gente, algunos se animan a correr y otros muchos a entrenar en bici.
Yo he ido muchas veces por ahí a caminar, con amigos, en pareja, con mis cascos, pero siempre con mi perro. He paseado sobre todo con buen tiempo, días soleados y con calor, aunque también en invierno con niebla. He hecho maravillosas fotos -algunas enmarcadas en mi salón- con el sol poniéndose o simplemente enfocando a mi perro en medio del camino esperándome.
Ahora han colocado un cartel de que los perros no pueden ir sueltos y es una pena porque a él le encanta correr por ahí, investigar y hacer ejercicio que es lo que debe hacer. Y a mí me encanta verlo disfrutar.
La verdad es que a mí me ha fastidiado mucho porque es una nueva prohibición para los perros -que ya no entran en ningún parque ni establecimiento y van atados por las calles del pueblo- y porque no entiendo que los animales no puedan correr libres por el campo. Me gustaría que me explicaran qué ley lo prohíbe, porque entiendo que ese cartel nuevo responde a una normativa y no a las simples protestas vecinales, porque si es así, yo también protesto.
Protesto porque mi perro no puede hacerlo y sé que le encanta correr por allí y lo echa de menos estos días que no hemos ido. Protesto por él y por mí, porque caminar por ahí se convertía en mi momento de paz y tranquilidad.
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miércoles, 24 de abril de 2019
martes, 17 de enero de 2017
San Antón
No sé en qué momento se creó esta rivalidad niños y perros que existe, o por lo menos que yo aprecio intensamente donde vivo. No sé por qué si se hace un comentario sobre qué sucio está un parque (donde lo que abundan son bolsas de gusanitos y papeles de caramelos que obviamente no ha tirado un perro), la gente tiene que decir rápidamente que también hay cacas de animales. Sé que esto es muy escatológico, pero a lo que voy con este tema es a mezclar churras con merinas, a la intolerancia de la gente, a que me parece que ya no podemos ni convivir.
No sé por qué si alguien dice que un perro no para de ladrar, alguien contesta que su hijo grita mucho, si otro protesta porque los columpios nuevos ya están rotos, se replica que los perros no pueden entrar al parque, que tu perro no puede ir suelto sin correa, ni tus hijos jugar al balón en medio de la carretera. ¿No podemos vivir juntos? ¿No pueden crecer los niños rodeados de animales y aprender unos de otros? ¿No estaría bien que se tirara el resto del bocadillo de la merienda a la misma papelera que los excrementos del perro? Quizás así enseñamos a los niños el significado de la palabra responsabilidad, educar a un animal y respeto por las cosas públicas.
No sé en qué momento nos volvimos tan intolerantes, tan criticones, tan poco cívicos como para no educar a perros -más bien a dueños- ni a niños, con sus diferencias, pero a vivir juntos. Obviamente no tienen la culpa los animales, sino las personas encargadas de ellos. Es un tema de educación y respeto en todos los sentidos.
Sí, yo debo educar a mi perro para que se comporte cívicamente en la calle, no ladre ni moleste a la gente que está a mi lado porque probablemente no le guste mi mascota, exactamente igual que tú debes educar a tu hijo a que se comporte cívicamente en la calle, no chille ni moleste a la gente que está al lado porque a lo mejor no le gustan los niños -que también puede ser, aunque parezca más extraño-. Y así, los parques estarán limpios, que cuando nos interesa es lo único que preocupa a los vecinos, y se podrá convivir en paz. Y entonces descubriremos el vínculo especial de niños y perros, un lenguaje en el que los perros reclaman cariño y los niños encontrarán en ellos el amigo más fiel. Por cierto, feliz San Antón a todos.
No sé por qué si alguien dice que un perro no para de ladrar, alguien contesta que su hijo grita mucho, si otro protesta porque los columpios nuevos ya están rotos, se replica que los perros no pueden entrar al parque, que tu perro no puede ir suelto sin correa, ni tus hijos jugar al balón en medio de la carretera. ¿No podemos vivir juntos? ¿No pueden crecer los niños rodeados de animales y aprender unos de otros? ¿No estaría bien que se tirara el resto del bocadillo de la merienda a la misma papelera que los excrementos del perro? Quizás así enseñamos a los niños el significado de la palabra responsabilidad, educar a un animal y respeto por las cosas públicas.
No sé en qué momento nos volvimos tan intolerantes, tan criticones, tan poco cívicos como para no educar a perros -más bien a dueños- ni a niños, con sus diferencias, pero a vivir juntos. Obviamente no tienen la culpa los animales, sino las personas encargadas de ellos. Es un tema de educación y respeto en todos los sentidos.
Sí, yo debo educar a mi perro para que se comporte cívicamente en la calle, no ladre ni moleste a la gente que está a mi lado porque probablemente no le guste mi mascota, exactamente igual que tú debes educar a tu hijo a que se comporte cívicamente en la calle, no chille ni moleste a la gente que está al lado porque a lo mejor no le gustan los niños -que también puede ser, aunque parezca más extraño-. Y así, los parques estarán limpios, que cuando nos interesa es lo único que preocupa a los vecinos, y se podrá convivir en paz. Y entonces descubriremos el vínculo especial de niños y perros, un lenguaje en el que los perros reclaman cariño y los niños encontrarán en ellos el amigo más fiel. Por cierto, feliz San Antón a todos.
domingo, 17 de enero de 2016
De viaje con mi perro
Para quienes tenemos animales y nos gusta viajar, el hecho de ir con ellos de vacaciones cierra un círculo perfecto. Casi perfecto, si tenemos en cuenta los pocos medios de transporte donde pueden viajar o que algunos hoteles y bares no tienen permitida la entrada.
La primera vez que hicimos un viaje fue con nuestra anterior perrita, cuando descubrimos lo que le gustaba ir en coche. Iba tan feliz en el maletero, mirando por la ventana de atrás. Fuimos a Asturias, había reservado un hotel que admitía perros pero cuando llegamos allí, nos cambiaron a otro que acababan de abrir nuevo. No una casa rural, ni un apartamento, una habitación de hotel nueva. Digo esto porque en viajes posteriores, curiosamente, he tenido más problemas en otros tipos de alojamientos más que en hoteles de tres y cuatro estrellas. Yuma, como ahora Tango, se porta fenomenal en los viajes. Sale a ver la ciudad con nosotros, pateamos, buscamos un sitio con terraza para comer, nos intercambiamos al perro para entrar a ver las iglesias y vuelve a la habitación igual de cansado que nosotros. E igual de feliz. Para mí es un placer estar con él todo el tiempo y compartir un fin de semana de ocio y turismo.
Después de ese viaje, hemos visitado juntos muchos más. Obviamente hay sitios donde no puede entrar o donde no se nos ocurre llevarlo, pero incluso en algunas tiendas en algunas ciudades me han dicho que pasara con él. Por supuesto, agradezco también a todos aquellos familiares de fuera que también han admitido a mis perros cuando he ido a visitarlos a casa.
Una vez leí un cartel que se admitían perros en el hotel porque ellos nunca llegaban borrachos, ni habían tenido broncas ni juergas, ni habían robado toallas como hacen otros huéspedes. Lo mismo ocurre en las playas. En la mayoría de ellas no están admitidos los animales, ni siquiera pueden correr por la arena por la mañana cuando no hay gente. Es una suerte que muy cerca de donde veraneo haya una playa can donde pueda juntar dos placeres: estar con mi perro y tomar el sol en la playa. Y cumpliendo unas normas básicas de comportamiento y limpieza, se portan mejor que muchos humanos.
Por el tamaño de ambos perros no puedo viajar con ellos en autobús ni en tren - Sandra Barneda comenzó una campaña recogiendo firmas para pedírselo a Renfe- , por lo que el coche es el único medio de transporte que hemos utilizado, a pesar de que a Tango le da miedo. Dice mi veterinaria que quizás en su día lo abandonaron en el campo en coche y ahora le genera estrés. Aunque con todos los sitios donde lo he llevado ya, y lo bien que lo pasa cuando llegamos a destino, debería haber aprendido que no lo voy a dejar, que me encanta que venga con nosotros y que vayamos de vacaciones. Juntos. ¡Feliz San Antón!
La primera vez que hicimos un viaje fue con nuestra anterior perrita, cuando descubrimos lo que le gustaba ir en coche. Iba tan feliz en el maletero, mirando por la ventana de atrás. Fuimos a Asturias, había reservado un hotel que admitía perros pero cuando llegamos allí, nos cambiaron a otro que acababan de abrir nuevo. No una casa rural, ni un apartamento, una habitación de hotel nueva. Digo esto porque en viajes posteriores, curiosamente, he tenido más problemas en otros tipos de alojamientos más que en hoteles de tres y cuatro estrellas. Yuma, como ahora Tango, se porta fenomenal en los viajes. Sale a ver la ciudad con nosotros, pateamos, buscamos un sitio con terraza para comer, nos intercambiamos al perro para entrar a ver las iglesias y vuelve a la habitación igual de cansado que nosotros. E igual de feliz. Para mí es un placer estar con él todo el tiempo y compartir un fin de semana de ocio y turismo.
Después de ese viaje, hemos visitado juntos muchos más. Obviamente hay sitios donde no puede entrar o donde no se nos ocurre llevarlo, pero incluso en algunas tiendas en algunas ciudades me han dicho que pasara con él. Por supuesto, agradezco también a todos aquellos familiares de fuera que también han admitido a mis perros cuando he ido a visitarlos a casa.
Una vez leí un cartel que se admitían perros en el hotel porque ellos nunca llegaban borrachos, ni habían tenido broncas ni juergas, ni habían robado toallas como hacen otros huéspedes. Lo mismo ocurre en las playas. En la mayoría de ellas no están admitidos los animales, ni siquiera pueden correr por la arena por la mañana cuando no hay gente. Es una suerte que muy cerca de donde veraneo haya una playa can donde pueda juntar dos placeres: estar con mi perro y tomar el sol en la playa. Y cumpliendo unas normas básicas de comportamiento y limpieza, se portan mejor que muchos humanos.
Por el tamaño de ambos perros no puedo viajar con ellos en autobús ni en tren - Sandra Barneda comenzó una campaña recogiendo firmas para pedírselo a Renfe- , por lo que el coche es el único medio de transporte que hemos utilizado, a pesar de que a Tango le da miedo. Dice mi veterinaria que quizás en su día lo abandonaron en el campo en coche y ahora le genera estrés. Aunque con todos los sitios donde lo he llevado ya, y lo bien que lo pasa cuando llegamos a destino, debería haber aprendido que no lo voy a dejar, que me encanta que venga con nosotros y que vayamos de vacaciones. Juntos. ¡Feliz San Antón!
domingo, 27 de septiembre de 2015
Carta a los Reyes Magos
Érase una vez una niña que cada diciembre escribía así su carta:
"Queridos Reyes Magos, como me he portado bien me gustaría que me trajeséis un perro..."
Así unos cuantos años hasta que la pequeña Sara pensó que los Reyes no leían nunca la primera línea de su carta porque el cachorro nunca apareció. Cuando se hizo un poco más mayor, se lo pidió a sus padres, cuya respuesta siempre era la misma: "en un piso no se puede tener un perro", "la comunidad no permite perros", lo que tampoco le convencía . "Cuando tengas tu casa, tienes los perros que quieras. Te los llevo con un lazo a la boda".
No fue en la boda, pero un mes y medio después, el día de su cumpleaños, la Sara mayor, ya casada y ya en su casa, abrió la puerta y entró una perrita husky dando brincos. Jamás lo olvidaré. Mi cuñado cámara en mano para inmortalizar esa cara de sorpresa que no pude disimular. En el collar llevaba una carta que todavía conservo:
"Si me aceptas en tu vida prometo compartir contigo todos los momentos, los buenos y los malos...Se me pueden ocurrir ideas peregrinas como tomar los sofás como dormitorio ...Sólo me queda desearte feliz cumpleaños y prometerte que haré todo lo posible para que no te arrepientas de acogerme en tu casa y en tu vida. Tuya para siempre, Yuma".
Y así fue. La acogí en mi casa y en mi vida. Es nuestra casa y en nuestra vida. Para siempre. Yuma fue mi mejor regalo. Siempre lo he dicho. Aunque hoy es un buen día para confesar que aquella primera noche apenas pegué ojo, en parte porque lloró todo el tiempo, pero se mezclaba con ese peso de la responsabilidad de "madre primeriza". Nunca había tenido perro, ¿y si ahora que mi deseo de niña estaba ahí no sabía cómo cuidarle?
Jamás me arrepentí, la prueba está en Tango. 15 días después de llorar amargamente la pérdida de Yuma, otro peludito entraba en mi casa, por la misma puerta, y volví a tener la misma sensación. De nuevo habían ido por mí a rescatar otro perro abandonado -no compres, adopta- para volver a llenar la casa de vida...¡ y de pelos! Dicen que la vida es un Tango y él llegó para ponerle música a nuestra vida.
Y así la Sara adulta comprendió que es cierto eso de que no sabes lo que los quieres hasta que no tienes uno, y yo diría hasta que no pierdes uno. No olvidaré los mensajes "de pésame" que recibí. No se puede explicar porque te toman por loca, pero te devuelven con creces ese primer gesto que tú haces acogiéndoles y se transforma en un amor puro y fiel. Para siempre. "Los animales nos enseñan a ser humanos".
"Queridos Reyes Magos, como me he portado bien me gustaría que me trajeséis un perro..."
Así unos cuantos años hasta que la pequeña Sara pensó que los Reyes no leían nunca la primera línea de su carta porque el cachorro nunca apareció. Cuando se hizo un poco más mayor, se lo pidió a sus padres, cuya respuesta siempre era la misma: "en un piso no se puede tener un perro", "la comunidad no permite perros", lo que tampoco le convencía . "Cuando tengas tu casa, tienes los perros que quieras. Te los llevo con un lazo a la boda".
No fue en la boda, pero un mes y medio después, el día de su cumpleaños, la Sara mayor, ya casada y ya en su casa, abrió la puerta y entró una perrita husky dando brincos. Jamás lo olvidaré. Mi cuñado cámara en mano para inmortalizar esa cara de sorpresa que no pude disimular. En el collar llevaba una carta que todavía conservo:
"Si me aceptas en tu vida prometo compartir contigo todos los momentos, los buenos y los malos...Se me pueden ocurrir ideas peregrinas como tomar los sofás como dormitorio ...Sólo me queda desearte feliz cumpleaños y prometerte que haré todo lo posible para que no te arrepientas de acogerme en tu casa y en tu vida. Tuya para siempre, Yuma".
Y así fue. La acogí en mi casa y en mi vida. Es nuestra casa y en nuestra vida. Para siempre. Yuma fue mi mejor regalo. Siempre lo he dicho. Aunque hoy es un buen día para confesar que aquella primera noche apenas pegué ojo, en parte porque lloró todo el tiempo, pero se mezclaba con ese peso de la responsabilidad de "madre primeriza". Nunca había tenido perro, ¿y si ahora que mi deseo de niña estaba ahí no sabía cómo cuidarle?
Jamás me arrepentí, la prueba está en Tango. 15 días después de llorar amargamente la pérdida de Yuma, otro peludito entraba en mi casa, por la misma puerta, y volví a tener la misma sensación. De nuevo habían ido por mí a rescatar otro perro abandonado -no compres, adopta- para volver a llenar la casa de vida...¡ y de pelos! Dicen que la vida es un Tango y él llegó para ponerle música a nuestra vida.
Y así la Sara adulta comprendió que es cierto eso de que no sabes lo que los quieres hasta que no tienes uno, y yo diría hasta que no pierdes uno. No olvidaré los mensajes "de pésame" que recibí. No se puede explicar porque te toman por loca, pero te devuelven con creces ese primer gesto que tú haces acogiéndoles y se transforma en un amor puro y fiel. Para siempre. "Los animales nos enseñan a ser humanos".
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