El pasado 12 de octubre, fiesta, cayó en sábado y como tal, todos aquellos que normalmente trabajan ese día lo tuvieron libre. Lo malo fue que muchos centros comerciales abrieron el domingo, con lo que cual entiendo el enfado de quienes libraron el 12 pero trabajaron el 13.
Se lió una buena en un foro de internet donde contestaron muy enfadados a una pregunta que habían hecho sobre si se abría el sábado festivo. Respondieron que era fiesta y que ya trabajaban el domingo y esa gente tenía derecho a estar con su familia. Estoy un poco harta de esa explicación de que no es una urgencia ir a comprar al centro comercial en domingo y puedes esperar al lunes. Pues seguramente sí, o igual no, pero no voy a entrar a valorar los horarios de cada uno. Voy a reivindicar la cantidad de trabajos de los que parece se olvida el sector comercio.
Estoy segura que como todos ellos reivindican que el domingo es para estar con la familia, no comprarán el pan reciente en la panadería, ni tomarán el vermú en el bar porque el camarero también tiene parientes. Por supuesto entiendo que se quedan en casa y no van al cine, ni a ningún restaurante, no se acercan al mercadillo ni llevan a sus hijos al grupo correspondiente con su monitor de ocio y tiempo libre. Como están en contra de comprar los domingos, supongo que no se acercarán al quiosco a por el periódico o unas gominolas, ni van a un estadio de fútbol ni a un concierto o teatro, ni cogen un avión o un autobús, ni toman una copa, ni contratan una niñera, ni se alojan en un hotel...¿sigo? Por descontado que no van a un centro comercial y si me apuras, tampoco entran en internet, donde con un sólo clic compras al otro lado del mundo y está abierto las 24 horas del día.
Deseo que no tengan que llamar a bomberos, policía, médico, veterinario, pediatra o farmacia de urgencias, personal de seguridad o un cerrajero, por ejemplo. No quiero seguir porque seguro que caigo en el mismo error de olvidarme de alguna profesión, porque desde la experiencia de haber trabajado en fin de semana digo que te das cuenta de la cantidad de ocupaciones que lo hace también.
Así que sí, entiendo que sería una guarrada, pero sólo oigo quejas del mismo sector como si los demás no tuvieran familias.
domingo, 20 de octubre de 2019
sábado, 28 de septiembre de 2019
Mi bisa
Cuando nombré a mi bisabuela en el anterior post, pensé que sería bonito hacerle un homenaje desde aquí en representación de todas. Algo así como la madre de todas las abuelas. Mi bisa.
Yo, que presumía de tener tres abuelas. Ella, que presumía de hijos, nietos y biznietos en aquella mesa de la entrada con todas las fotos enmarcadas. Te hacía el árbol genealógico en un periquete, recordando cada nombre. Yo, que presumía, de que era de quien más fotos tenía y las contaba una y otra vez. Ella, que sonreía al vérmelo hacer todas las veces.
Ella, con su larga trenza, que a veces se convertía en moño. Yo, que siempre le decía que no era como las otras abuelas porque estaba muy delgada y no llevaba el pelo corto como las demás.
Ella, que nos esperaba cada semana y no faltábamos a la cita. Aquellos paseos hasta su casa a la salida del colegio para pasar la tarde con ella. Y cuando venía a vernos a nuestra casa, se bajaba sola en el autobús y siempre me compraba un palote en el kiosco.
Ella y su tradicional taco de calendario del Corazón de Jesús que le traían todos los años los Reyes y que se leía cada página de arriba a abajo.
Ella y sus rezos a San Antonio. Ahora siempre que veo uno dentro de una iglesia me acuerdo de ella.
Ella y su patio, con sus flores, y su pozo sin agua corriente. Y sus perritos que yo “adoptaba” cuando nacían. Y su pequeño corral, con sus gallinas y sus conejos. Y ese guiso que hacía como nadie más.
Ella y su verruga en la barbilla que se tapaba cuando le dabas un beso.
Ella y su piel con arrugas que tanto me gustaba tocar.
Ella y sus pañuelos en la cabeza. Ella y el color negro, enlutada desde que tenían 40 años.
Ella y su lucidez de cabeza hasta el último momento. Ella y sus refranes y sus anécdotas y sus consejos.
Ella y su nombre imposible porque había nacido un día de San Francisco Javier y que ella acortó a Paca.
Ella y sus celebraciones de cumpleaños, cuando no cabíamos en la cocina. Esa cocina de leña y ese brasero debajo de la mesa. Se fue tan solo dos días antes de cumplir uno más.
Nosotras y nuestros viajes en coche, juntas en la parte de atrás, diciéndome que confiaba en cómo conducía mi padre pero siempre rezábamos antes de salir. Y luego jugábamos a las adivinanzas y al Veo Veo.
Nosotras y nuestras bromas para el día de los Santos Inocentes que ella me enseñaba para luego gastárselas al resto de la familia.
Nosotras y nuestras tardes merendando viendo Barrio Sésamo, que no se a quién de las dos le gustaba más.
Nosotras y nuestras noches durmiendo juntas en Bilbao. Nuestras gomas de agua caliente para la cama. Y ese beso de buenas noches con nuestra pequeña conversación:
-Hasta mañana si Dios quiere.
-¡Cómo no va a querer, abuela!
Así hasta que no quiso 94 años después. Como ella decía, todos los niños deberían tener un abuelo. Tuve la suerte de disfrutarla 16 años, aunque la verdadera suerte fue tenerla a ella como bisabuela.
Yo, que presumía de tener tres abuelas. Ella, que presumía de hijos, nietos y biznietos en aquella mesa de la entrada con todas las fotos enmarcadas. Te hacía el árbol genealógico en un periquete, recordando cada nombre. Yo, que presumía, de que era de quien más fotos tenía y las contaba una y otra vez. Ella, que sonreía al vérmelo hacer todas las veces.
Ella, con su larga trenza, que a veces se convertía en moño. Yo, que siempre le decía que no era como las otras abuelas porque estaba muy delgada y no llevaba el pelo corto como las demás.
Ella, que nos esperaba cada semana y no faltábamos a la cita. Aquellos paseos hasta su casa a la salida del colegio para pasar la tarde con ella. Y cuando venía a vernos a nuestra casa, se bajaba sola en el autobús y siempre me compraba un palote en el kiosco.
Ella y su tradicional taco de calendario del Corazón de Jesús que le traían todos los años los Reyes y que se leía cada página de arriba a abajo.
Ella y sus rezos a San Antonio. Ahora siempre que veo uno dentro de una iglesia me acuerdo de ella.
Ella y su patio, con sus flores, y su pozo sin agua corriente. Y sus perritos que yo “adoptaba” cuando nacían. Y su pequeño corral, con sus gallinas y sus conejos. Y ese guiso que hacía como nadie más.
Ella y su verruga en la barbilla que se tapaba cuando le dabas un beso.
Ella y su piel con arrugas que tanto me gustaba tocar.
Ella y sus pañuelos en la cabeza. Ella y el color negro, enlutada desde que tenían 40 años.
Ella y su lucidez de cabeza hasta el último momento. Ella y sus refranes y sus anécdotas y sus consejos.
Ella y su nombre imposible porque había nacido un día de San Francisco Javier y que ella acortó a Paca.
Ella y sus celebraciones de cumpleaños, cuando no cabíamos en la cocina. Esa cocina de leña y ese brasero debajo de la mesa. Se fue tan solo dos días antes de cumplir uno más.
Nosotras y nuestros viajes en coche, juntas en la parte de atrás, diciéndome que confiaba en cómo conducía mi padre pero siempre rezábamos antes de salir. Y luego jugábamos a las adivinanzas y al Veo Veo.
Nosotras y nuestras bromas para el día de los Santos Inocentes que ella me enseñaba para luego gastárselas al resto de la familia.
Nosotras y nuestras tardes merendando viendo Barrio Sésamo, que no se a quién de las dos le gustaba más.
Nosotras y nuestras noches durmiendo juntas en Bilbao. Nuestras gomas de agua caliente para la cama. Y ese beso de buenas noches con nuestra pequeña conversación:
-Hasta mañana si Dios quiere.
-¡Cómo no va a querer, abuela!
Así hasta que no quiso 94 años después. Como ella decía, todos los niños deberían tener un abuelo. Tuve la suerte de disfrutarla 16 años, aunque la verdadera suerte fue tenerla a ella como bisabuela.
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