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viernes, 7 de agosto de 2020

El relato del Camino

Hoy hace un año emprendíamos viaje para comenzar la aventura del Camino Santiago...que viéndolo ahora en perspectiva fue toda una experiencia. Es algo a lo que tienes que hacer "check" en tu lista de cosas pendientes y marcarlo como realizado. Tenía muchos miedos e iba nerviosísima, y volví con muchas lecciones aprendidas en la mochila. Ya hice balance en el blog aquí, no te lo pierdas y vuelve a leerlo. Pero ahora quiero dejaros con un relato que escribí para un concurso de escritura de Galicia. Espero que os guste, es un pequeño homenaje a los peregrinos y la gente que trabaja en los albergues y... a la magia del Camino.

LAS DUDAS DE LA LLUVIA
Estaban a punto de apagarse las luces y Martín sabía el ritual que iba a empezar Héctor como hacía todas las noches desde que llegó a colaborar en el albergue de Paradela. A Martín le gustaba observarlo, aunque él disimulaba recogiendo papeles y ordenando. Con el paso de los meses, había cogido cariño a ese chico, trabajador y tan extremadamente tímido. Tanto que luego supo que tenía un grave problema y por eso Martín se sentía tan orgulloso de formar parte de su mejoría.
Ese era el momento en que comenzaba el silencio, ya no se oía el ruido de las duchas, ni los pasos de los peregrinos antes de acostarse. Con un poco de suerte se dormirían pronto porque al día siguiente había que madrugar y seguir caminando. Ya se habían acabado las consultas en la pequeña recepción que tenían en el albergue, habían sellado todas las credenciales y ese día habían vendido bastantes pulseras del Camino de Santiago. Tenían alojado un grupo numeroso de jóvenes, con unos monitores muy amables. Martín enseguida se dio cuenta que debía cederle a Héctor el protagonismo y dejarle hacer los papeles de la admisión. Había acertado porque pasó largo rato hablando con ellos, en concreto con una de las chicas más jóvenes.
Martín siempre pensaba lo mismo, que era una pena intimar porque sólo se alojaban un día, apenas unas horas, y después se marchaban. ¡Veían a tanta gente diferente en tan poco tiempo! Pero un día Héctor le dijo que eso precisamente era lo que le gustaba de aquel sitio, que aprendía mucho y que le estaba viniendo muy bien trabajar allí. Bueno, trabajar es un decir, era una colaboración altruista, aunque a Héctor le gustaba decir que lo que se llevaba cada día valía más que todo el oro del mundo.
No hablaba mucho y casi nunca de su problema, por lo que Martín no llegaba a saber qué pasaba exactamente. Tampoco le importaba mucho desde que empezó a notar un cambio. Héctor llegó a Paradela en su bici, a pesar de ser un día lluvioso, casi sin abrir la boca y apenas sabían nada de su vida personal.Sólo se dirigía a Martín para preguntarle lo estrictamente necesario y con un tono de voz que realmente le costaba oírle. Sudaba tinta e incluso temblaba levemente, pero había algo limpio en su mirada, como si se pudiera ver en su interior. Y por eso a Martín le gustó desde el principio.
Él era el encargado de ese pequeño albergue desde hacía años, y como siempre que se instala la rutina, había llegado el punto en el que realizaba las tareas mecánicamente. Pero Héctor se convirtió en un soplo de aire fresco.
Con el paso de los días le recordó cuál era la verdadera satisfacción de trabajar allí, en medio del Camino de Santiago, en dar posada a quien llega exhausto, apoyarles e intentar hacerles el descanso más ameno. Querían que se llevaran un buen recuerdo de aquella etapa. No obstante, se sentían profundamente orgullosos de su pequeño pueblo.
Los primeros días, tras enseñar todo el albergue, como no creía que fuera a valer para las tareas de la recepción, Martín le ordenó limpiar los baños y la cocina. Comprobó lo meticuloso que era y cómo dejaba todo impoluto. Trabajaba concentrado y sin distracciones, pero poco a poco Héctor comenzó a relacionarse un poco más, sonreía tímidamente a los peregrinos y empezaba a hablar con alguno ya sin temblar tanto.
Un día fue el propio Héctor el que le dijo que ya había acabado de limpiar y que había preparado un par de infusiones en el comedor para los dos. El chico le comentó cómo había llegado hasta allí casi por prescripción médica, precisamente para abrirse y conocer más gente. Martín enseguida comprendió era el momento de explicarle cómo se hacía el ingreso de peregrinos y desde el día siguiente, empezaría a colaborar en la recepción.
A la noche, cuando se instauraba la calma en el albergue y casi llegaba la hora de apagar las luces, es cuando comenzaba el pequeño ritual de Héctor. El joven abría despacio su mochila, sacaba su botella de agua y se tomaba su pastilla. Después, cogía su pequeña libreta negra, sin ningún adorno. Héctor
escribía apenas unas líneas, a modo de resumen del día y acababa con algo por lo que dar las gracias. Verle pensar antes de coger el bolígrafo era algo que a Martín le fascinaba.
Aquel habitáculo que compartían entre papeles, credenciales, postales y pulseras se convirtió en su pequeño mundo. Martín nunca hizo por ver su libreta, simplemente le llamaba la atención aquel ritual y le gustaba pensar también a él cómo había ido el día. A veces cuando ya veía que Héctor cerraba
el cuaderno, comenzaban una breve conversación preguntando por algún peregrino concreto o comentaban algún chascarrillo. Otras veces apenas era un tímido “¡cómo ha llovido hoy!” o “¡qué sucios estaban los baños!”, pero ese repaso empezó a formar parte del ceremonial. Héctor pasó de imaginar la vida de los viajeros y se atrevió a preguntar y entablar pequeñas conversaciones, que luego le comentaba a Martín por la noche. Que si Rosa acaba de comenzar a andar y va sola porque necesita tiempo para pensar, que si Juan ha hecho ya más de diez veces el Camino de Santiago, que cómo tenía de mal los pies Carmen que habían tenido que ir al centro de salud, que Nacho se tomó algo para la espalda y se acostó nada más llegar al albergue, que Virginia había preparado macarrones para toda la familia….Un montón de anécdotas que Héctor le contaba sonriendo y Martín escuchaba con atención.
Aquella noche, al acabar su resumen diario, Martín no pudo remediar ver cómo había acabado su agradecimiento con un solo nombre: Juana. Al día siguiente, cuando ya todos se habían marchado y empezaba su duro trabajo de adecentar el albergue para los siguientes peregrinos, Héctor se dio cuenta de que en el suelo se había caído una pulsera. Enseguida supo que era la de Juana porque estuvo un buen rato viendo todos los souvenirs que vendían en el albergue, pero no compró nada. Ese fue el momento que Héctor aprovechó para hablar un poco con ella. Juana le dijo que no quería más
pulseras porque ya tenía una. Le enseñó su muñeca, la que llevaba puesta era un modelo antiguo y descolorido. Juana le contó que era de su madre, de cuando ella había hecho el camino de Santiago hacía muchos años, y que se la había regalado cuando ella también empezó esta aventura. Apenas hablaron nada más, Juana parecía tan tímida como él, pero Héctor comprendió que había un valor simbólico. La joven acabó diciéndole que era la manera que tenía de mandarle fuerza. 
Y ahora, él tenía esa pulsera olvidada en su mano. No tenía cómo localizar a Juana, así que sin pensar salió corriendo a la calle a ver si todavía alcanzaba al grupo. Su intento fue en vano y volvió al albergue empapado y frustrado. Martín le miraba atónito sin comprender su actitud.
Héctor cogió entonces su bicicleta y se fue en medio de la lluvia. Ese día no trabajó y, aunque Martín estaba enfadado, entendía que tenía que haber una razón muy poderosa. Héctor pedaleaba con fuerza, apenas veía el paisaje, mientras intentaba recordar su pequeña conversación con Juana. Lamentó no haberle preguntado más cosas, qué etapas iban a realizar o dónde iban a alojarse para poder tener un sitio donde ir a su encuentro. Volvió apesadumbrado al albergue de Paradela, sin rastro del grupo de Juana. No le quedó más remedio que contarle todo a Martín. No era una simple pulsera. Eso lo entendió enseguida, y también que para Héctor era la oportunidad de volver a verla.
Sin tener más datos, sin haberla encontrado por el Camino, no tenían muchas opciones. Pero para asombro de Héctor, al encargado se le ocurrió otra solución: ir al final del Camino.
Era una locura, ¿cómo iba a encontrarla?
De pronto, Héctor recordó que Juana le dijo que llegarían a Santiago de Compostela en una semana y que sería un día especial porque era su cumpleaños. ¿Y si iba allí a esperarla? 
Martín le animó a emprender esa aventura. Sabía el día y el lugar, no necesitaba nada más. Sólo tenía que viajar y esperar en la Plaza del Obradoiro hasta que viera llegar al grupo. A Héctor no le parecía tan sencillo como él lo pintaba, pero si quería demostrarse a sí mismo que había mejorado, ésta era la
oportunidad perfecta.Así que, aunque los nervios le comían por dentro, siete días después estaba realizando el viaje más importante de su vida. La cabeza le iba a mil por hora pensando en todas las posibilidades. Pero ya no tenía vuelta atrás. Estaba decidido a comprobar si ese disparate merecía la pena.
Así que allí se vio, contemplando la preciosa Catedral, como si fuera un peregrino más. Era un día nublado y empezaban a caer unas pequeñas gotas. Héctor intentó resguardarse de la lluvia, pero no quería ir muy lejos. Lo peor fue la espera, mandando mensajes a Martín, escudriñando los grupos …hasta que les vio aparecer.
Héctor echó a correr entre la multitud en cuanto distinguió a Juana. Pero se paró de pronto. ¿Y si no se acordaba de él? Era lo más lógico, al final y al cabo apenas habían compartido unas horas, una etapa como tantas otras. Desde entonces, se habrían quedado en muchos más alojamientos, habría conocido a mucha gente. Seguro que ella no sabía en qué momento había perdido la pulsera. Héctor intentó apartar esos pensamientos negativos mientras caminaba hacia el grupo que justo cantaba el cumpleaños feliz. El joven agarró con fuerza la pulsera y esperó apartado. Se estaban haciendo fotos, abrazándose, riendo, llorando…no quería estropear ese momento. Y casi sin pensarlo, avanzó unos pasos y se vio allí en medio del círculo, detrás de la protagonista. Héctor llevaba su talismán en la mano, como si fuera la última llave que abre la puerta, su carta de presentación. Volvieron otra vez la incertidumbre y la desconfianza. No se acordaría del chico del albergue de Paradela, hacía ya una semana. Temblaba,  hacía tiempo que no estaba tan nervioso. Estaba seguro que todos oían los latidos de su corazón cuando tocó el hombro de Juana. Ella se volvió y le vio. Se quedó parada, una mezcla de sorpresa, asombro, ilusión…No entendía nada, pero enseguida vio la pulsera. Muda, le sonrió tímidamente y le abrazó…y todas las dudas se disiparon con la lluvia. 

martes, 24 de diciembre de 2019

Cuento de Navidad

Volvió a apartar la vista del ordenador, tan solo había escrito un par de párrafos y ni siquiera le gustaban. Miró distraída por la ventana, lucía un sol radiante fuera y un cielo azul de invierno precioso. No parecía primeros de diciembre, ella que estaba tan acostumbrada al frío. Seguro que en su casa el paisaje era ya casi blanco. 
Pensó en su madre que hace días le dijo que había salido con gorro y guantes a comprar ya los billetes. Debería estar contenta, este año venía toda su familia a su nueva casa y sin embargo, se encontraba agobiada, cansada, estresada….
Y ese maldito escrito que se había comprometido a enviar pronto, la fecha límite se aproximaba pero la inspiración parecía que se había ido. Será que no podía imbuirse en una historia de invierno con el calor que hacía allí. Borró la última frase... debería borrarlo todo. Estaba completamente estancada. 
Se hizo una coleta, suspiró, cerró su relato y abrió de nuevo internet. Puso en Google “recetas de Navidad” a ver si encontraba algo con lo que sorprender a su familia, pero que no le llevara demasiado tiempo, porque últimamente carecía bastante de él. Ya había entrado en “cómo ser la anfitriona perfecta”, “cómo adornar tu mesa de navidad”, y demás consejos varios que suelen aparecer en esta época. 
De repente un ruido de pasos subiendo por las escaleras le sacaron de sus pensamientos. Sabía que era su hija pequeña, que ya habría llegado de su clase de ballet y subía al ático a saludarle. La vio entrar con una caja grande de zapatos en vez de llevar al hombro su mochila. 
-Hola mamá. Dice papá que no te moleste mucho porque no encuentras a las musas- repitió sin entender lo que le habían dicho. 
-Hola cariño, no te preocupes que las musas han debido irse por la ventana porque no me sale nada para escribir un cuento.
-¿No? Pues todos los que me lees por las noches empiezan con “Érase una vez"…¡ya tienes el principio!
-¿Qué tal tu clase?
-Muy bien, ya casi nos sabemos la actuación de Navidad. ¿Vendrás, verdad mamá?
Isabel abrió corriendo su agenda para comprobar que tenía apuntada la función en la fecha correcta. Sí, ahí estaba, en un círculo rojo grande para que no se le pasara. 
-¿Qué traes en ese cofre?, preguntó intrigada.
Comprobó que era una simple caja blanca de zapatos pero que Diana le había puesto un lazo grande rojo, como solía hacer ella cuando se esmeraba con los envoltorios de los paquetes. Madre mía, ¡los regalos! No había empezado todavía con las compras, pero si no tenía tiempo…
-Te traigo inspiración para tu cuento. Es como un baúl de Navidad para que te salgan las ideas.
Isabel se quedó muda pero lo abrió con mucha curiosidad.
-Yo te voy dando las cosas: lo primero esta postal que Papá Noel nos envió el año pasado, ¿te acuerdas? Puedes escribirle a esta dirección si necesitas algo. 
Isabel cogió la tarjeta que habían recibido desde Laponia coincidiendo con el viaje de novios de su hermano. ¡Qué ilusión le había hecho a Diana!
-Te traigo también las fotos que nos hicimos en aquel taller de bizcochos al que fuimos. ¡qué buenos estaban! ¿este año vamos a ir a otro? 
Isabel se dio cuenta de que esta vez no tenía ninguna actividad planeada para ir con la niña. Aquella tarde lo pasaron genial cocinando juntas con otras amigas y luego repitieron la receta en casa varias tardes de invierno porque fue un éxito. Y este año ni siquiera se había molestado en buscar nada.
-¿Qué más?- Quiso saber Isabel, entre sorprendida y emocionada. 
-Las bolas artesanas que encargamos con nuestros nombres, para que no se nos olvide este año colgarlas en el árbol. ¿Cuándo lo pondremos, mamá? 
Madre mía la fecha en la que estábamos y ni siquiera habían sacado los adornos del altillo del armario….Isabel empezó a sentirse mal. 
-Por último te traigo el catálogo de juguetes para cuando hagamos la carta de los Reyes Magos. Ya sabes que puedes pedirles lo que quieras que siempre nos lo traen. Puedes pedir que te traigan a tus musas, si quieres. Yo pedí el año pasado que vinieran los abuelos a vernos a casa y este año estaremos todos aquí en Navidad. ¿Ves como siempre nos hacen caso? ¡Y también vienen los primos! Tengo que ver qué juguetes les voy a dejar y les podemos llevar a patinar sobre hielo y… y… 
Isabel había dejado ya de escuchar los múltiples planes que estaba parloteando su hija. Estaba avergonzada, pero también orgullosa. No daba crédito a la lección que le había dado la niña. De repente lo vio todo claro. La ilusión de su pequeña era el verdadero espíritu de la Navidad, todo estaba ahí dentro. No tenía agobios, estaba contenta porque estarían todos en casa, sólo había ganas de compartir tiempo con la familia, hacer un bizcocho, poner el árbol, abrir los regalos…
¿Cómo no se había dado cuenta? Eso era lo importante. Se entristeció por haber olvidado todo eso. Así que besó cariñosamente a su hija y muy decidida le dijo:
-Gracias, me ha encantado tu caja con tantas cosas. A las musas también les ha gustado porque han llegado volando, así que dile a papá que te prepare la cena que voy a quedarme un rato más aquí escribiendo. Y en cuanto avance un poco, voy al salón y buscamos otro taller para apuntarnos este fin de semana ¿vale? También dile que vaya al trastero a buscar el árbol y el Belén, que se nos echa el tiempo encima. ¡Corre!
Isabel volvió a abrir su documento y borró lo que tenía escrito porque no todos los cuentos de Navidad tienen que empezar con “Érase una vez”, ni tener paisajes blancos, ni fantasmas del pasado…pero el suyo sí tenía un final feliz. 

miércoles, 17 de abril de 2019

Premio

Me complace pasarme por mi rincón, donde he escrito tantas cosas mías, para comunicar que he ganado el primer premio del concurso de relatos cortos Villa de Zaratán. Me ha hecho mucha ilusión ganar y, sobre todo, que a la gente le haya gustado mi relato.

Siempre me ha gustado escribir y me desquito con este blog. Cuando acabo un buen libro, de esos que te tiene enganchada, me quedo pensando en el autor, admirando lo que ha escrito y pienso: ¿esto puede estar en la cabeza de alguien y plasmarlo tan bien?

Me presenté con una historia inventada sobre el tema del que había que escribir en esta edición: “el deporte de Zaratán” (una localidad de Valladolid). Quise rendir homenaje a la vía verde por la que transcurre el trail que corre el protagonista, por donde hace años pasaba un tren muy lento llamado “tren burra” y que ahora es un sendero por donde salgo a caminar con mi perro.


LA CARRERA DE DON GREGORIO

Mañana es el día. Será un momento especial en la familia Gómez, la fecha en la que se cerrará un círculo. Parece mentira que la vida tenga estas casualidades, que la rueda gire y gire y volvamos al comienzo.  

Aunque mañana es fiesta, ya es tarde, pero Maribel no puede dormir. Quiere retrasar la hora de irse a la cama porque sabe que va a dar vueltas sin parar. Vuelve a entrar en la habitación de su hijo y mira la ropa preparada. Sus zapatillas, esas que pidió como regalo cuando correr se convirtió en algo más que un pasatiempo. Y su camiseta bien doblada, esperando a que mañana se la ponga y le dé suerte. Pasa la mano con cuidado por las letras y musita en voz baja: “III Trail Tren Burra de Zaratán”. Esas palabras son las que cierran un círculo.

Aquí os lo dejo entero por si os apetece leerlo