Cuando salgo con el perro por la noche, hay veces que no se oye nada en la calle y me gusta esa quietud. Apenas se escuchan voces y miro a las casas, veo si tienen luz en las ventanas y me pongo a imaginar...Pienso lo pequeña que es esa luz en el edificio, en el barrio, para toda la ciudad. Me acuerdo de esa frase tantas veces repetida de que cada casa es un mundo y a saber lo que se está cociendo ahí dentro. Familias, preocupaciones, alegrías, discusiones...Y paro, porque me parece que les estás invadiendo algo muy íntimo.
Ahora, cuando saco a mi perro en el confinamiento, lo pienso mucho más. Se oye el silencio que da miedo. Veo más luces encendidas, gente que toma el aire en un minúsculo balcón, el señor que se asoma a la ventana a respirar y la señora que está hablando a gritos con la vecina. Y pienso, ¿cuántas veces habrán salido hoy? ¿Estarán huyendo del aburrimiento? ¿Se están agobiando encerrados?
A veces se vislumbra un objeto infantil e imagino cuántos hijos tendrán, cómo será su casa de tamaño para sobrellevar esto, a qué estarán jugando, si le estarán leyendo un cuento antes de acostarse, o a lo mejor ya se han dormido porque mañana es uno de esos héroes que tiene que trabajar...
Si algo hemos visto estos días es la casa de la gente, de los famosos e influencers, grandes, ordenadas, bonitas...incluso las de nuestros amigos y familiares cuando hacemos videollamadas, y me parece que entras en la intimidad de los hogares. Como yo cuando me lo imagino mirando a las ventanas. Esos cuadraditos de luz que estos días cobran protagonismo, que es el salvoconducto para mucha gente, la forma de conexión, uno pone una canción, el otro la canta al otro lado, escuchas las conversaciones banales entre vecinos, los mensajes de ánimo, las voces de los niños, el ladrido del perro y ese momento de unión a las 20 horas. Todo en las mismas ventanas que veo cuando saco al perro en el silencio de la noche.
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miércoles, 1 de abril de 2020
sábado, 16 de diciembre de 2017
Cuento de Navidad
Hacía tiempo que no escribía pero tengo una buena razón. He estado en un cuento y no podía ni quería salir de sus páginas. Un viaje de ensueño, un cuento...de Navidad.
He visto tantas casas bonitas, de colores, con sus vigas de madera en las fachadas, que no sabía con cuál quedarme, así que me hacía fotos con todas. He visto la casa de Hansel y Gretel... ¿os acordáis de este cuento de los hermanos Grimm? Con sus ventanas de dulces y gominolas y su chocolate...¡cómo me gustaba! La verdad es que ahora lo miro con otros ojos y era terrorífico, la bruja, los niños que se perdían en el bosque, el hambre...pero creo que yo sólo me fijaba en las golosinas -mi perdición- cuando se lo oía contar a mi abuela.
He visto la ilusión en los escaparates de las tiendas, cuidados con esmero, hasta el mínimo detalle, con ositos de peluche blancos en las ventanas, con marionetas en movimiento y con un teatrillo de la Bella y la Bestia. Gnomos y enanitos con grandes gorros rojos que te daban la bienvenida al comercio. Luces de ángeles y coronas de Adviento en cada iglesia y catedral.
He visto atracciones de feria en forma de árbol de Navidad, con niños subidos a las bolas a modo de asientos. He visto jabones en forma de cupcakes que te daban ganas de hincarles el diente, estrellas que eran lámparas, campanas que se iluminaban con velas, nacimientos hechos con cera, tallados en madera y belenes con estructura de pirámides. Y toooodos los adornos que puedas imaginar para el árbol.
Olor a canela, a castañas y chocolate en cada rincón. Y bastones de caramelo, tiendas enteras de frutas escarchadas y galletas de jengibre en cada mercadillo, hasta comprobar que el muñeco del hombre de jengibre era el protagonista.
Puentes adornados con abetos, piñas y árboles blancos con bolas rojas. Y cabras de verdad en pesebres para deleite de los niños y cisnes en los canales para ponerle el toque de glamour a la foto.
Y luces, muchas luces, que encendían la magia. Luces de colores, luces en cada rincón, luces abundantes, excesivas, un cúmulo de brillos que reflejaban la magia. Derroche de luz y color. Y estrellas y corazones en cada ventana porque si hay que buscar un símbolo para la Navidad quizás sean estos: luz, paz y amor. Comprenderéis que con todo eso en la retina y una sonrisa perenne pegada al rostro, no quisiera regresar de la fábula.
He visto tantas casas bonitas, de colores, con sus vigas de madera en las fachadas, que no sabía con cuál quedarme, así que me hacía fotos con todas. He visto la casa de Hansel y Gretel... ¿os acordáis de este cuento de los hermanos Grimm? Con sus ventanas de dulces y gominolas y su chocolate...¡cómo me gustaba! La verdad es que ahora lo miro con otros ojos y era terrorífico, la bruja, los niños que se perdían en el bosque, el hambre...pero creo que yo sólo me fijaba en las golosinas -mi perdición- cuando se lo oía contar a mi abuela.
He visto pueblos medievales, con suelos empedrados, con torres y campanarios, con puentes de piedra, con ríos y canales, poblados de una sola calle y otros como un laberinto circular que le añadían una página más al cuento.
He visto la ilusión en los escaparates de las tiendas, cuidados con esmero, hasta el mínimo detalle, con ositos de peluche blancos en las ventanas, con marionetas en movimiento y con un teatrillo de la Bella y la Bestia. Gnomos y enanitos con grandes gorros rojos que te daban la bienvenida al comercio. Luces de ángeles y coronas de Adviento en cada iglesia y catedral.
He visto atracciones de feria en forma de árbol de Navidad, con niños subidos a las bolas a modo de asientos. He visto jabones en forma de cupcakes que te daban ganas de hincarles el diente, estrellas que eran lámparas, campanas que se iluminaban con velas, nacimientos hechos con cera, tallados en madera y belenes con estructura de pirámides. Y toooodos los adornos que puedas imaginar para el árbol.
Olor a canela, a castañas y chocolate en cada rincón. Y bastones de caramelo, tiendas enteras de frutas escarchadas y galletas de jengibre en cada mercadillo, hasta comprobar que el muñeco del hombre de jengibre era el protagonista.
Puentes adornados con abetos, piñas y árboles blancos con bolas rojas. Y cabras de verdad en pesebres para deleite de los niños y cisnes en los canales para ponerle el toque de glamour a la foto.
Y luces, muchas luces, que encendían la magia. Luces de colores, luces en cada rincón, luces abundantes, excesivas, un cúmulo de brillos que reflejaban la magia. Derroche de luz y color. Y estrellas y corazones en cada ventana porque si hay que buscar un símbolo para la Navidad quizás sean estos: luz, paz y amor. Comprenderéis que con todo eso en la retina y una sonrisa perenne pegada al rostro, no quisiera regresar de la fábula.
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