Mostrando entradas con la etiqueta clase. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta clase. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de septiembre de 2020

Vuelta al cole

 Ahora que no paramos de hablar de la vuelta al cole, no, no voy a referirme a las medidas que se han tomado, sino a una frase que vi en el instagram de Sara Carbonero (no sé si era suya) pero me viene al pelo. Creo de verdad que los pequeños son los que más han entendido -sin entender- lo del coronavirus, quedarse en casa, no besar a los abuelos, no ver a sus amigos y no ir al colegio. Solo por el simple hecho de que sus padres se lo han explicado como han podido acorde a su edad, y ellos les han creído. Sin más. Y han obedecido. Y lo han interiorizado. 

Así que esta frase es perfecta para todo lo que tengas que decirle al crío. Te va a creer porque confía en ti, en el adulto, en la familia. No le digas que no puede hacer algo porque te va creer. No le cortes las alas, al contrario, apoyale en los sueños.

Pero además creo que vale para los mayores en esta época de cambios e incertidumbre. Septiembre siempre es para todos como un nuevo comienzo, pero este año más. No te pongas tú los límites, ya se encargará la vida de colocarlos. No creas que no puedes emprender, hacer ese curso que siempre quisiste, no pienses que estás mayor para estudiar si es lo que quieres o para hacer ejercicio. 

El otro día leí a una influencer de decoración que nunca se le habían dado bien las manualidades y ahora hace cosas increíbles para su casa. Y otra persona decía que siempre quiso hacer ballet de pequeña y se había apuntado el curso pasado de mayor. Pues genial. Prueba. Lo mismo no eres tan torpe como piensas, como te han hecho creer o te lo has dicho tú mismo tantas veces que ya lo has interiorizado. 

Pierde la vergüenza y baila. Como hice yo -ya lo conté aquí- Y pasa un buen rato con lo que te gusta hacer de verdad. Seguro que descubres algo nuevo. Y como digo siempre, disfruta. Ya la vida se ha encargado de decirte que no hagas tanto planes de futuro y vivas más el presente de las pequeñas cosas. 



martes, 11 de febrero de 2020

Los mejores años

Viernes. María apagó el ordenador y salió corriendo de la oficina muy contenta. Estaba segura de que ese fin de semana sería muy especial, pero todavía le quedaban muchas cosas por hacer. Su exmarido recogería a los niños en el colegio, por lo que tendría dos días completos para reencontrarse con sus amigas de la Universidad y revivir mil anécdotas.

Ya llevaba unos días invadida por los recuerdos. Cuando se divorció volvió a alquilar el piso que compartió en sus tiempos de estudiante con otras compañeras. Le pareció un guiño del destino que estuviera libre, esperándole. Fue como volver donde empezó todo... pero con más años. Allí se dirigía ahora porque todavía tenía que acabar de arreglar las habitaciones donde se volverían a alojar. Era increíble que fueran a coincidir de nuevo, todavía no se explicaba cómo habían podido cuadrar horarios.

Hace ya tiempo que empezaron a convocar por redes sociales un encuentro típico de antiguos alumnos de la carrera. Con esa excusa, ella y Andrés -con el que seguía manteniendo mucho trato y vivían en la misma ciudad- habían planificado juntarse como hacían otras veces y acudir al evento, pero lo que era inaudito era que también vendrían Mónica y Laura. A esta última le habían perdido la pista cuando decidió viajar a Guatemala de cooperante de una ONG. Ahora resulta que se había reconvertido en chef y trabajaba en un restaurante en Toulousse. María casi no se lo creía cuando le llamó diciéndole que había reservado un avión para venir al reencuentro. Fue entonces cuando empezaron a maquinar su particular fin de semana de chicas en el mismo piso que compartieron hace 20 años.

Pero todavía les quedaba la tarea más difícil, que Mónica pudiera bloquear su apretada agenda y acudir a la cita. La que en sus tiempos era la más guapa del grupo, que se llevaba a los chicos de calle con su larga melena castaña, se había convertido en una gran modelo. Aunque no hablaban apenas con ella, todas le seguían la pista por Instagram y por las revistas. Viajaba mucho a esos sitios paradisíacos que todas soñaban cuando eran jóvenes, cuando creían que se comerían el mundo. Ella parecía que lo había conseguido.

Aunque ahora no quería pensar en las vueltas que habría dado la vida de cada uno, en si habrían conseguido sus sueños. Imaginaba que todas habría tenido éxitos y fracasos, pero lo importante era que se iban a juntar para ponerse al día. Quería pensar que, a pesar de los cambios y los años, serían los mismos jovenzuelos de la Universidad, que tendrían los mismos valores e ideas que les unieron en su día.

Todavía recordaba cuando tuvo que hacer aquel trabajo con Andrés en la primera semana de clases y cómo descubrieron que, aunque parecían tan diferentes, les unían más cosas de las que pensaban y se entendían muy bien como equipo. Laura se sentó a su lado casi desde el primer día y fue con la primera persona que habló al entrar en aquella aula tan grande muerta de nervios. Le cayó bien desde el principio y, casi sin darse cuenta, ya estaban planificando irse a vivir a un piso y dejar la residencia.
En aquella especie de internado, con esas normas tan rígidas, fue donde conocieron a Mónica, que siempre llegaba tarde a la cena porque ya en aquel entonces era una auténtica relaciones públicas. Era propiamente el alma de la fiesta. ¡Ay las fiestas de la Universidad!

Estudiar estudiaban mucho, pero ¡qué bien se lo pasaban! Acudían juntas a todas las fiestas que se convocaban, más el resto de amigos que fueron haciendo. El caso era conocer gente, relacionarse y explorar nuevas ideas y proyectos. La cabeza les estallaba de planes.

Compartir piso les hizo mayores de pronto, organizar las tareas de la casa y responsabilizarse de ello fue uno de sus logros. Más el de la convivencia, claro. Establecer aquellas normas internas que se pusieron respecto a horarios de estudio y visitas de amigos. Porque en esa casa siempre había gente.
Eran compañeros en clase y en casa y, aunque habían tenido sus roces, María estaba segura de que ese lazo les uniría de por vida. Sólo rezaba para que los años sin verse no hubieran hecho mella en ese compañerismo que sellaron. Estaba a punto de comprobarlo.

Cuando llegó a casa, Andrés ya le esperaba para echarle una mano con los últimos preparativos. Siempre se podía contar con él. Los dos estaban inquietos e ilusionados como adolescentes.
Laura no podía creerse que la dirección fuera la misma cuando llamó al portal. Le temblaban los dedos al tocar, los recuerdos se agolpaban en su mente. Como apenas faltaban unos días para su cumpleaños, se acordó de cómo lo celebraban por todo lo alto en esa misma casa. Siempre les pillaba en época de exámenes y tenían que retrasarlo para estudiar, pero después merecía la pena. Y María, que estaba en todo, le recibió con globos en la puerta, que soltó rápidamente para abrazarla.

Mónica le mandó a su chófer aparcar un poco más lejos porque quería recorrer andando los últimos pasos hacia esa puerta, como había hecho tantas veces antes. Caminó esa calle en zapatillas de deporte cuando salía a correr casi al amanecer, también a altas horas de la noche cuando volvía de fiesta, cargada con apuntes cuando iba a estudiar a la biblioteca y con fotocopias que le habían dejado sus compañeros cuando no había podido ir a clase… La Universidad le había enseñado disciplina y organización para poder llegar a todo. Pero esta vez no iba sola, llegaba con una sorpresa que estaba segura les iba a gustar, aunque tenía mucho que explicarles. En eso pensaba cuando respiró hondo, se agarró de la mano de su pareja y llamó al timbre. Se podían oír las risas y los gritos detrás de la puerta.

Tras abrir y saludarse entre chillidos, sus amigos se quedaron en silencio al ver que venía acompañada. Mónica se apartó para dejar pasar a Marcos, que se había quedado en el pasillo. No daban crédito. Aquel profe del que no se perdían una clase, aunque fuese los viernes a última hora, al que entregaban sus mejores trabajos, fruto de tantas horas de investigación en grupo, estaba allí escoltando a Mónica. En sus mentes tenían un montón de preguntas, pero sonreían. Ya estaban todos, como si se hubiese parado el tiempo. Al fin y al cabo, habían compartido los mejores años de sus vidas.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Desconexión

Todo el mundo debería sacar tiempo para sí mismo, para su propia desconexión y calificarlo como "su momento". Un ratito, pueden ser diez minutos o una hora.

¿Cuál es el tuyo?

Puede ser la hora después de la cena cuando te tumbas en el sofá, o el momento ducha cuando te relajas debajo del agua, cuando acuestas a los niños, o un cafecito leyendo el periódico, un ratito con un libro, el desayuno mientras planificas el día, una clase de manualidades donde desconectas, el gimnasio cuando te concentras en la música y te olvidas de todo, salir a correr, ir en autobús, ver una peli 'moña' o ponerte una mascarilla y relajar la mente.

¿Y si esa hora dejaras el móvil? El otro día me comentaron que en una clase de baile, había gente mirando el teléfono ¿En serio? ¿no somos capaces de pasar una hora divertida sin contestar un mensaje? ¿Y si lo dejamos en casa?

¿Y si hacemos un apagón eléctrico? Como ese día concreto cuando se pide que hogares y empresas apaguen las luces durante una hora para concienciar sobre el cambio climático, para ahorrar energía y tomar conciencia de la necesidad de adoptar medidas. ¿Y si este fuera nuestro particular apagón voluntario?
Pensaréis que estoy tirando piedras contra mi propio tejado porque soy periodista, adoro la comunicación de las redes sociales y sí, paso mucho tiempo mirando el móvil, pero me encanta disfrutar de "mi momento". Apago el móvil, lo dejo en casa cargando, cojo mi esterilla y me voy a mi clase de pilates, por ejemplo. O cuando salgo de paseo al atardecer con mi perro o cuando despliego mis papeles de scrapbooking y me pongo a hacer algún trabajo y me acuerdo del teléfono cuando quiero hacer una foto del resultado.

Además me dijo un amigo que es bueno para el teléfono apagarlo un rato cada día, como los ordenadores. Es beneficioso para la tecnología y para nuestra mente. Así que déjalo (un rato) a un lado y vive tu momento. Disfruta.

jueves, 22 de junio de 2017

Mis clases 2

Porque no todo en la vida es de color de rosa, porque hay muchos matices entre el blanco y el negro, y porque siempre hay una cara B, hasta en lo que más nos gusta, he pensado hacer una continuación del post anterior contando también lo malo. Porque en la valoración final del curso no he podido dar un 10 a mis clases de pilates por "causas ajenas".

Principalmente por una sola causa: la música excesivamente alta de la clase que se impartía al lado. Llámalo altísima, atronadora, retumbante, aturdidora, ensordecedora y todos los sinónimos que quieras hasta parecer que teníamos a Ricky Martín bailando dentro. Hasta el punto de no oír a nuestro profesor, que da la clase sin música porque explica mucho cada ejercicio, hasta que él se desconcentraba y nosotras más porque estábamos canturreando "Traicionera".

Ahí fue cuando como compañeros, el profesor se acercó a pedirle que bajara un poco la música. Como no veíamos mejoría, fue una alumna de nuestra clase la que habló con la otra monitora. Y cuál sería nuestra sorpresa cuando no sólo no bajó el volumen sino que lo subió. Entonces comenzó un pulso que nos llevó a presentar escritos colectivos de quejas al Ayuntamiento y a que tuviera que personarse el propio concejal en el pabellón a comprobar el volumen. Primera batalla ganada.

Mientras seguía el conflicto, los meses pasaban, reuniones, descontento, cada vez menos alumnos en nuestra clase porque había días que era un suplicio el dolor de cabeza, y a todo esto se añadía no entender cómo alguien podía ser tan prepotente y tan mal compañero.

El curso lo hemos acabado con la sala insonorizada y casi sin oír su música. Segundo asalto. Pero por supuesto, con varios daños colaterales que no voy a enumerar. ¿Pulso ganado entonces?. Sólo espero que entre las consecuencias futuras no esté que mis compañeros se desapunten de la clase y mucho menos que nuestro profesor no siga porque esté cansado de tanta cruzada. Eso significará que la guerra se ha perdido completamente.

viernes, 9 de junio de 2017

Mis clases

No voy a enumerar los beneficios del pilates, ni a contar cómo he mejorado la flexibilidad y la agilidad, ni a explicar cómo ahora aguanto a hacer la pirámide con los talones bien pegados al suelo, ni a hablar de equilibrio o coordinación, mejorar la postura, reducir dolores de espalda, ni siquiera a hablar de las virguerías que hacemos encima del fitball sin caernos. Sólo a contar mi grata experiencia.

Me apunté el año pasado a pilates a mitad de curso porque me lo recomendó una amiga y allí que me presenté el primer día sin saber qué era eso de conectar e intentando respirar bien a la vez que hacía mis ejercicios. Día a día, mejorando, evolucionando, con un profesor de goma que vale un millón -que te explica una y otra vez lo que hay que hacer con una paciencia infinita-, he conseguido que cuando voy de paseo con mi perro me resuenan en mi cabeza sus palabras: "espaldas rectas, hombros relajados".

Y como esto no es un post sobre deporte ni un alegato a la vida sana que ya habéis leído muchos más científicos, os voy a contar también cómo me apunté a zumba a pesar de no tener sentido del ritmo y ser la primera que se sienta cuando empieza el baile en las bodas. Pero el primer día aprendí la lección más importante: las vergüenzas se dejan en la puerta.

Y así, cuando te pierdes, te ríes, cantas la canción y olvidas los complejos, empiezas a disfrutar. Cuando ves que no eres tan torpe como creías -porque como siempre en la vida hay gente mejor, pero también peor-, aumenta tu autoestima, te diviertes, desconectas y te desestresas.

Cuando todo eso lo compartes además con un grupo muy simpático, en el que te ríes de lo mismo, comentas la operación biquini, con una profesora más maja que las pesetas que te anima un montón ("¡Vamos mis chicas!"), mueves la caderita al ritmo de Enrique Iglesias y te aprendes de memoria "el despacito", acabas socializando. Tanto que te vas de cena para celebrar el fin de curso, a saltarse la dieta a un italiano y luego a poner en práctica los bailes de clase. ¡A ver si hemos aprobado el curso!


lunes, 21 de noviembre de 2016

El buen profesor

¡Qué importante es tener un buen profesor! Sé que cuando leemos esto pensamos en nuestros tiempos del colegio, pero también son muy significativos en nuestra edad adulta. Más si cabe, porque creo que tienen la enorme labor de animarnos en una actividad o en una clase que eliges voluntariamente. La mayoría de las veces nos apuntamos porque queremos, no es obligatorio como antes lo era el colegio, aprender inglés o ir a pádel. Por eso es quizás tan valioso, porque si no te gusta el maestro no hay por qué estar allí ni perder el tiempo, puedes ir a otro sitio, buscar otro profesor, otra academia, o quedarte en casa que seguro también hay muchas cosas que hacer.

Respecto a la labor del docente en tiempos de colegio, creo que es obvia la influencia que ejercen en los niños, que están formando su personalidad en esas edades. Me parece tan difícil enseñarles a leer como inculcarles el gusanillo de la lectura. Hay veces que influyen en negativo. ¡Cuántas veces he oído ahora de mayores que me gustaba la Historia pero tenía una profesora odiosa y opté por otra asignatura! Es increíble cómo pueden dirigir tus pasos hacia un lado u otro en tu vida futura y profesional.

Creo que deben tener muchas cualidades que no todos tienen, pero quería centrarme en mi experiencia actual. Hemos tenido varios monitores en un curso -por temas de bajas laborales- y he podido comprobar cómo los alumnos dejaban de ir a esa clase. Como he dicho, si el profesor no te motiva, no te lo pasas bien, ya no es como antes, ahora hay más opciones. Sin embargo, he comprobado el caso contrario, apuntarme una actividad que en principio no entraba en mis planes y continuar porque me gusta cómo lo da el profesor. No me lo pierdo un día. Volvemos de nuevo al tema de disfrutar. Me gusta sobre todo cuando el profesor se prepara la clase, se nota que ha buscado sus ejercicios, que le gusta lo que hace y eso lo transmite. Me demuestra responsabilidad, dedicación, pasión, vocación. Y me hace sentir que su tiempo es tan importante como el mío.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Estilo

¿El estilo nace o se hace? Yo creo que se nace con él, aunque todo se puede mejorar. Se puede aprender moda, pero hay que tener personalidad para llevar la ropa. Y hacerlo tuyo, imprimir carácter. La clase, la elegancia es innata. La prueba es el dinero, todos conocemos a famosos ricos que son horteras por mucho que su ropa cueste un dineral. Y, al contrario, gente normal, con poco presupuesto, que encuentra auténticas gangas en mercadillos y lo luce como si fueran de marca.

Y además del dinero y del estilo, hay que saber estar. Quiero decir, no se puede ir al fútbol con tacones ni pisar una alfombra roja en playeros, por la misma razón que no sales a la calle en pijama y zapatillas. Eso es algo que no me gusta de la gente: al estadio se va en chándal, vaqueros, playeros, sudarera y si puede ser con la camiseta del equipo, mejor. Y a una gala se saca del armario tu mejor vestido o traje y te subes a un taconazo, que un día es un día.

No hay que aprender protocolo, simplemente hay que saber unas normas básicas, que son más bien de sentido común. Soy de las que sigo respetando ese código de que a una boda no se va de blanco ni de negro, los tiros largos se dejan para las ceremonias de noche y los tocados para las de mediodía. Es lógico, porque ¿de qué sol te protege una pamela en una boda de tarde? Los hombres de traje o si me apuras, pantalón de vestir y camisa, nada de camisetas en una ceremonia. Tampoco se va con colores estridentes a un funeral, no digo que se tenga que ir de negro riguroso como antaño, pero no me parece dar el pésame a un familiar que está triste vestido con jersey rojo.

E igual que nuestra forma de hablar o de escribir, la de vestir dice mucho de nuestra personalidad. Cada uno con la suya, todas igual de válidas, no voy a entrar en tópicos. Al final, es otra característica más de nosotros que nos distingue y que marca la diferencia. Y el estilo, sin duda, nos define.